El Tratado de Guadalupe-Hidalgo

El Tratado de Guadalupe-Hidalgo

VÍCTOR OROZCO

Ni individuos ni colectividades gustan de recordar episodios o etapas desdichados en sus vidas. Los psicólogos explican que existe incluso un cierto mecanismo del subconsciente que los borra de la memoria o al menos los desvanece. La guerra librada entre México y Estados Unidos, entre 1846 y 1848 parece estar entre estos acontecimientos que casi nadie quiere traer al presente, porque revive nuestras miserias y debilidades. También la guardamos como un agravio u ofensa que nunca pudimos o podremos cobrar y ello, ya se sabe, causa no sólo desasosiego, sino una sensación de intolerable impotencia que desemboca en culpas y maldiciones a diestra y siniestra. Pero, ni los hechos ni sus consecuencias se pueden evaporar. Tenemos que vivir con ellos, aunque los ignoremos. Y aprender de ellos. Por eso no deben olvidarse.

Por su parte y por otras razones, los norteamericanos tampoco muestran gran interés en esta parte de su historia nacional. Los libros sobre la materia, sacados a la luz por las editoriales cada año, suman cientos, pero apenas uno o dos se refieren a “The mexican war”. Y en los textos de las escuelas apenas se le dedican unos pocos párrafos, no obstante que a sus resultados le debe Estados Unidos el rango de potencia continental y luego mundial. Tales actitudes se deben, tal vez, a que esta guerra aparece en el alma colectiva de aquel pueblo como una acción de la cual no hay que enorgullecerse demasiado.

Este día en el que escribo, se cumple un aniversario más de la celebración del “Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América”, su nombre oficial y mejor conocido como de Guadalupe Hidalgo, por haberse firmado el 2 de febrero de 1848 en esta población entonces aledaña a la ciudad de México, justamente en la sacristía de la Basílica dedicada a la virgen.

Aunque en sus XXIII artículos se establecieron múltiples estipulaciones, relativas a temas de variada índole como reclamos de particulares, prisioneros de guerra, contención de los llamados indios bárbaros, aduanas, etc., la parte sustancial del documento y por lo que se le menciona, es la fijación de los nuevos límites entre los territorios de ambas repúblicas. Según los cálculos norteamericanos, México perdió 850,598 millas cuadradas, equivalentes a 2,205, 629 kilómetros cuadrados, comprendidos en Texas (ya separado desde 1836), la franja entre los ríos Nueces y Bravo, perteneciente al estado de Tamaulipas, Nuevo México y la Alta California, con porciones de los cuales se formarían después otras entidades de la unión americana. Del número de habitantes en esta gigantesca superficie se dieron en su tiempo cifras diversas, pero una cantidad aproximada es de ciento cincuenta mil. De ellos, pocos optaron por emigrar al “viejo México” y el resto, se quedó a defender sus lares y a sufrir despojos y discriminaciones, hasta que trabajosamente los miembros de la tercera o cuarta generación se asimilaron a la nueva sociedad.

A lo largo de estos ciento sesenta y cuatro años, se han planteado y repetido muchas preguntas. Recupero en esta nota dos de ellas, de la mayor significación: ¿Por qué los mexicanos perdimos la guerra?. ¿Por qué Estados Unidos, no se anexó todo el territorio, si las fuerzas armadas mexicanas se habían colapsado?. La primera respuesta, tal vez pueda ilustrarse con tres hechos históricos simultáneos: en febrero-marzo de 1847 el ejército norteamericano tomó Chihuahua y bombardeó el puerto de Veracruz, punto de partida para avanzar hacia la capital de la república. Al mismo tiempo que ello ocurría, una parte de la guarnición de la ciudad de México, encabezada por dos batallones integrados por jóvenes de las clases altas eximidos de ir a los frentes, se rebeló en contra del gobierno dirigido por Valentín Gómez Farías. Éste hubo de emplear los exiguos elementos de guerra y los pocos soldados disponibles, en las calles de la ciudad, donde se desató una sangrienta reyerta, en la cual murieron cientos de civiles. El pretexto fue un decreto de enero de ese año que permitía al fisco federal intervenir los bienes del clero, con el propósito de sufragar los gastos del numeroso ejército comandado por Antonio López de Santa Anna y que transitaba de San Luis Potosí hacia Saltillo para frenar el avance de los norteamericanos. La situación era angustiosa, pues los infelices reclutas caminaban descalzos y hambrientos por el desierto al encuentro del enemigo. La insurrección de los “polkos” como se les apodó, fue una de tantas en las que se expresó la suprema debilidad del país: los dos viejos cuerpos heredados de la colonia, uno, dueño de las riquezas (aparte de las almas) y el otro de las armas, no compartían el proyecto nacional. Sólo eran fieles a sí mismos. Al igual que los conspicuos representantes de las clases altas. Para lograr que el clero aportara una parte de sus cuantiosas riquezas, los altos funcionarios suplicaron casi de rodillas, arguyeron que si los norteamericanos ganaban, impondrían la libertad religiosa y además la esclavitud para los no blancos, hicieron ver a la iglesia que ella también perdería, en fin, casi nada les restó en su afán por conmover y persuadir a los dueños del dinero. La respuesta fue fulminante e intransigente: “…si se toman bienes eclesiásticos…incurren en la excomunión mayor…y permanecerán excomulgados hasta que no restituyan a la Iglesia sus bienes y todos sus frutos…la Iglesia es soberana y no puede ser privada de sus bienes por ninguna autoridad… es nulo y sin ningún valor ni efecto cualquier acto, de cualquier autoridad que sea, que tienda directa o indirectamente a gravar, disminuir o enajenar bienes de la Iglesia..”. En Veracruz y en Chihuahua, dos plazas significativas -desde luego de mayor importancia estratégica la primera- se hacían esfuerzos inauditos para contener el avance de los invasores, mientras que en la capital, clérigos y militares encendían la guerra civil y paralizaban al gobierno, todo con tal de no perder privilegios y caudales. Tales hechos nos llevan a un punto clave de la explicación: México sucumbió porque faltó Estado para hacer valer los intereses de la nación, por encima de los que estos cuerpos (poderes fácticos, les llamaríamos ahora) alzaban e hicieron prevalecer.

Veamos la segunda cuestión. En Washington y en otras ciudades norteamericanas prosperaba en 1847 una poderosa corriente autodenominada “All Mexico”. La integraban políticos, banqueros, plantadores e industriales que veían la oportunidad de oro para anexarse el país del Sur completo. ¿Por qué el congreso y el presidente no los siguieron?. Quizá podemos responder con otro dato en extremo ilustrativo: once de cada cien soldados enviados a México habían perecido en las batallas y mayormente por las enfermedades. (La proporción más alta, con mucho, en todas las guerras internacionales libradas por Estados Unidos). Y no hay ejército de ocupación que soporte esta sangría, como muy bien colegía un diputado en su interpelación al presidente Polk: “Usted nos habla de triunfos, pero no dice que el camino de Veracruz a México está pavimentado con cadáveres de jóvenes norteamericanos”. El comisionado norteamericano para las negociaciones, Mr Nicholas Trist, observador directo en el teatro de los hechos, exponía una conclusión similar, desde otra perspectiva: “Déjese que el espíritu de desesperación llegue a despertarse y entonces las cosas presentarán un aspecto muy diverso del que han presentado hasta aquí. Este país no puede resistir al nuestro con buen efecto; pero la resistencia de que todavía es capaz…ha de ser de una especie enteramente nueva. La mejor acción, con mucho, que se ha dado en este Valle por parte de los mexicanos, fue sostenida por los cuerpos de milicia acabados de formar”. Era previsible pues, que el número de jóvenes norteamericanos inmolados creciera como bola de nieve. Y mal lo aceptarían en los pueblos de Kentucky, de Virginia o de Missouri de donde venían como voluntarios, resignándose a las gracias y a las felicitaciones oficiales por sus héroes, sacrificados en provecho de los especuladores. Así que, aun cuando el apetito expansionista fuera insaciable, la prudencia aconsejaba alzarse con la bolsa de lo ya ganado… Al fin, ya se inventarían nuevos pretextos para otra guerra despojadora.

Tener conciencia del pasado, provoca que éste reverbere y cuando se habla de circunstancias aciagas, también ocasiona que éstas puncen de nuevo las heridas. ¿Para qué entonces las remembranzas?. Por una razón poderosa: es mejor mirarse de frente en el espejo de ese pasado, sin subterfugios, sin prejuicios, sin fobias, con frialdad, para estar en condiciones de comprender el presente y otear el futuro. Es mejor que huir la mirada y fingir demencia. Ha transcurrido arriba de una centuria y media desde la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo. Los mexicanos de la siguiente década entendieron la enseñanza y consumaron la revolución liberal para constituir a la nación y al Estado, derrotando a la sagrada alianza de clero y ejército. Los de hoy, continuamos intentando someter a los grupos de poder para subordinarlos a los de la colectividad, representada en la nación. No lo pudieron hacer nuestros antepasados en 1848, pero nos legaron la experiencia. ¡Hay de nosotros si no la asimilamos!.
VÍCTOR OROZCO

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