UN SENDERO ENTRE LA BRUMA

 Por ERNESTO KAVI

Un terremoto, bajo la apariencia de un breve libro, modificó los cimientos de la literatura en español, y fueron pocos quienes se dieron cuenta. Quizá porque –como diría Nietzsche– los pensamientos que gobiernan el mundo caminan con pasos de paloma. O quizá porque ese breve libro cometió una falta aún mayor que la sencillez y la ligereza, una falta que le costó el silencio de casi todos: ser un texto sagrado.

En un tiempo en el que Occidente combate, de forma ingenua y feroz, por la secularización de todo y de todos; en un mundo en el que Oriente se ahoga en la violencia de los fundamentalismos y es incapaz de recordar el sentido antiguo de la fe, ¿cuántos hombres son capaces de reconocer la necesidad y el valor de un lenguaje sagrado? Y, aún más, ¿quién es capaz de pronunciarlo? Aunque obvia, la respuesta parece hoy imposible. Fue un poeta, José Emilio Pacheco. Y su empresa fue todavía más osada de lo que nuestro tiempo nos permite percibir, pues eligió volver a pronunciar –de forma diferente– las palabras del libro que la mayor parte de los poetas occidentales considera el más alto de todos, El Cantar de los Cantares (Era/El Colegio Nacional, 2009).

Las traducciones de los textos sagrados –de cualquier religión y de cualquier época– han engendrado historias innumerables. Quizá la más célebre sea la de Hiuang Tsang, monje chino del siglo VII, quien se dio a sí mismo el nombre de Tripitaka. Desde el siglo X su leyenda se extendió por casi todo Oriente, y a partir del siglo XIII su historia no ha dejado de representarse en el teatro chino. Tripitaka emprendió un viaje a la India para buscar los libros y los textos sagrados del Budismo, y traducirlos. No cualquier hombre podía asumir tal empresa. Quien lo hiciera debía ser, necesariamente, un hombre puro, pues la traducción de un texto sagrado ha sido siempre una labor delicada y de extrema precisión. Sólo el mejor de los hombres podía ejercerla. Tripitaka lo sabía, por eso era necesario ese largo viaje, a pie, de China a la India. Esa búsqueda, esa aventura, era una forma de la purificación. Las fatigas y los peligros limpiarían sus manos y su lengua. Se trasladó a Tun-huang, el punto más remoto del reino del emperador T’ai Tsung; atravesó desiertos y tierras desoladas por el hambre y la guerra; se bañó en el río Oxus; atravesó Afganistán, las montañas del Hindu-Kush y toda la región del Indo. En Peshawar o en Cachemira estudió sánscrito –la lengua perfecta–. Su viaje duró la medida de una vida humana. A su regreso fundó una academia de traductores en la que todos, como él, fueron viajeros y exploradores.

Esta historia, que no es una parábola, encierra todas las preguntas que los hombres –cuya lengua es imprecisa y débil– se han hecho al tratar de pronunciar la lengua perfecta. Pero en la historia de Tripitaka hay también una respuesta. Entre la imperfección y la exactitud hay una distancia casi inhumana y llena de peligros. Sólo aquel que es capaz de atravesarla es digno de poseer la gramática sagrada.

Es imposible, al conocer la vida de Hiuang Tsang, no pensar en José Emilio Pacheco. ¿Por qué un poeta de 71 años decidió hacer una versión del Cantar de los cantares? Se cuenta que, una noche, los Setenta y dos Ancianos se acercaron a Simeón Ben Azai y, al oído, le dijeron: « El Cantar contamina las manos». Todo aquel que toque el Shir-hashirim, Qadosh-qedoshim, el Cantar de los cantares, Santo de los santos, debe, antes, purificarse. Y, después de haberlo tocado, deberá, de nuevo, purificarse. José Emilio, como Tripitaka, debió recorrer, a pie, durante 71 años, las tierras desoladas y floridas de la vida, debió bañarse en el río Oxus y atravesar las montañas del Hindu-Kush. Ese viaje, el viaje que hacemos todos los hombres, fue una manera de purificar sus manos y su lengua. Sólo así, después de las largas pruebas que debe afrontar el traductor de un texto sagrado, pudo acercarse al Cantar.

La fortuna del Shir-hashirim ha sido diversa. Ibn Hazm de Córdoba sostuvo que el poema era «un discurso estúpido e incomprensible, cuyo argumento ningún hebreo sabe decir qué cosa sea.» Voltaire fue más preciso en su descripción y dijo que se trataba de un poema –«como todas las obras de elocuencia de los Hebreos»– «sin enlace, sin continuación, lleno de repeticiones, confuso, ridículamente metafórico». Y lo calificó de rhapsodie inepte. Muchos años antes, en 1572, Luis de León fue detenido y juzgado por el Tribunal de la Inquisición. Se le acusó de escribir una versión española del Cantar de los cantares –los textos sagrados no debían ser traducidos a una lengua vulgar–, y de haberse ganado un lugar entre los heresiarcas por sus comentarios al poema. Lo mantuvieron preso cuatro años. Al reanudar sus clases en la Universidad de Salamanca pronunció la célebre frase: «Dicebamus hesterna die…»

Al leer la aproximación de José Emilio Pacheco es imposible no pensar en todo eso. Es imposible pensar que realizó su versión del Shir-hashirim sólo para formar un eslabón más de esa cadena áurea que llamamos literatura. Lo escribió, estoy seguro, para reparar el delicado equilibrio de la Justicia. Lo escribió en contra de todos los hombres que formaron uno de los tribunales más crueles de nuestra historia y que condenaron a un gran poeta. Lo escribió contra Voltaire. Contra Ibn Hazm de Córdoba. Y el equilibrio perdido surgió de nuevo. Reparó las injusticias, las imprecisiones, que reprocharon durante siglos a un poema perfecto. La falta de continuidad entre una escena y otra, las repeticiones, la confusión, no existen ya en la versión de Pacheco. El Cantar de los cantares aparece frente a nosotros como un cuerpo desnudo. «Con el arpa abriré mi enigma», dice el poema. Y es así como se lee, es decir, sin secretos, como se lee el cuerpo de un amante. El erotismo que resguardan las palabras vuelve a nuestra boca. Por fin están abiertas. El mundo vuelve a ser una presencia amada. Y quizá es en esas dos palabras, presencia y amor, donde se concentra toda la potencia del terremoto que provocó, en nuestra lengua, este poema. Pues en ellas, dice Octavio Paz, está el origen de nuestro arte y de nuestra poesía, y «el secreto de nuestra resurrección.»

No es exagerado decir que el Shir-hashirim de José Emilio Pacheco protege ese secreto, el de una lengua olvidada en Occidente y cuya correcta pronunciación podría salvarnos. Los dos últimos versos de su aproximación podrían ser el cerrojo  y la llave, la amada y el amado. Si los hombres del Oriente y del Occidente pronunciaran esas palabras, la puerta del lenguaje volvería a abrirse, y por ella entraría, de nuevo, la presencia amada. «El amor es fuerte como la muerte./ Fuerte como la muerte es el amor.»

Sé que en nuestro tiempo la defensa de la poesía puede ser considerada como un acto de inocencia o de estupidez, pero en un mundo en el que todo se percibe entre brumas y oscuridad, en un mundo en el que nadie puede orientarse, tal vez no sea vano volver a la poesía. Como en la Antigüedad, quizá los únicos que poseen hoy la claridad son los poetas. Quizá son ellos los únicos capaces de trazar, con palabras, un sendero entre la bruma. Decir esto, creer en esto –cuando ya nadie recuerda el antiguo sentido de la fe ni la importancia de un poema– puede ser arriesgado, pero es aún más arriesgado dar pasos en las tinieblas sin nada ni nadie que pueda orientarnos. ¿Acaso El Cantar de los cantares de José Emilio Pacheco es un sendero hacia la claridad? Es sin duda un inicio, un primer paso. ¿A dónde nos conduce? Tal vez al «lecho de fronda», al jardín del que habla Salomón en su poema. El teólogo más importante del siglo XX, Franz Kafka, dijo: «Con nuestra expulsión se salvó el Paraíso de su destrucción.» La aproximación de Pacheco nos hace pensar que ese Paraíso está aún intacto en las Palabras del Cantar. Basta pronunciarlas para volver ahí.        

Ernesto Kavi (Ciudad de México, 1981) es escritor y traductor. Estudió literatura en diversas universidades de México y Europa. Ha vivido en La Habana, Venecia, Florencia, Barcelona, Salamanca, Budapest y Viena. Actualmente vive en París. correo electrónico del autor: fuentes.er@gmail.com

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1 comentario»

  JUAN GRANADOS CUANDON wrote @

MAESTRO MANUEL FUENTES, ES PARA MI UN HONOR EL PODER RECIBIR INFORMACIÓN QUE ES DE SUMA IMPORTANCIA PARA QUIENES ESTAMOS COMPROMETIDOS CON LA LEGALIDAD Y LA DEMOCRACIA EN NUESTRO PAÍS. OJALA Y ME MANDARA LA INFORMACIÓN SOBRE QUIENES PUEDEN ACUDIR AL CONGRESO DE LA ANAD.
ATTE. UN CALUROSO ABRAZO.


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