UN PASEO SOBRE EL AGUA

Por Ernesto Kavi*

 Abrir un libro y adentrarnos en él es semejante a la sensación de entrar por primera vez en la cama de una mujer que deseamos, dijo Cortázar. En ese momento sólo la esperanza nos ataca, la felicidad anticipada, la seguridad de que todo será hermoso. Fue así como abrí el primer libro de Valeria Luiselli, Papeles Falsos (Sexto Piso, 2010).

En ese lugar llamado «Literatura» pulula, desde el principio, una secta secreta cuyos miembros se ignoran entre sí; son solitarios la mayoría de ellos, algunos, melancólicos, los menos han debido cruzar, los pies descalzos, la tierra ardiente de la locura. La estrella polar que los guía puede cifrarse en estas palabras: «Los únicos  libros que importan son aquellos que han sido escritos bajo el sol.» En París, en el siglo XIX, adoptaron el nombre de flâneurs, y se extendieron por toda Europa. Es la secta de los paseantes. Rousseau, Baudelaire, Rimbaud, Nietzsche, Benjamin y Walser son, quizá, sus miembros más célebres. ¿Qué rito de iniciación –sería legítimo preguntarnos– debe seguirse para ser admitido entre ellos? No basta, como muchos ingenuos lo pueden creer, caminar por una ciudad o adentrarse en las espesuras de un bosque. Es necesario poseer algo más, algo difícil y escaso; es necesario ser valiente para saber perderse no sólo en los lugares más inhóspitos sino, sobre todo, en los más familiares. Valeria Luiselli, en este primer libro, se esfuerza en pasar ese rito.

Papeles Falsos está construido, en su totalidad, sobre una metáfora que ha asediado la mente humana desde al menos cinco siglos: la lengua es un territorio geográfico. El escritor es un hombre cuya labor consiste en penetrar ese mundo, explorarlo, imaginar y construir ciudades, o un solo templo complejo e inagotable, o una choza; algunos deciden dormir sobre la tierra yerma, otros ser guardianes, y velar el sueño de sus pares. Hay quien, como un conquistador, penetró la selva y fue devorado por ella, o quien se perdió en el culto de los dioses que aún la habitan. John Keats dijo que los poemas homéricos eran «one wide expanse», una vasta extensión. Podemos aún imaginar las hordas de tribus errantes de escritores que recorren y tratan de sobrevivir en ese vasto territorio griego poblado de batallas y de dioses, y que muchos se esfuerzan en creer ilimitado. Dentro de esa geografía, ¿dónde se coloca Luiselli?

Guiada por la sensatez, o quizá por un exceso de prudencia, Valeria decidió no explorar territorios inhóspitos o aún desconocidos, sino emprender un paseo, a veces a pie, a veces en bicicleta, en dos lugares que se sostienen sobre el agua, Venecia y la Ciudad de México. Y sus paseos –es imposible obviarlo– tienen como único propósito la visión; ella quiere ver cada detalle, aun los mínimos, los improbables, aquellos sobre los que nunca nos detuvimos. Porque hay una cualidad que los miembros de la secta de los paseantes aprecian más que ninguna otra: la agudeza de la vista.

Walser vio una elegante sastrería bajo verdes árboles, gitanas de botas rojas, niños armados con armas de madera, ultramarinos, panaderías, y al gigante Tomzack; Baudelaire vio, en el Carrousel del Louvre, bañándose en el lodo, un cisne; Rousseau vio a madame de Warens a la edad de 28 años, una casa aislada en un valle donde ellos vivieron juntos, y los cuatro o cinco años en los que, por única ocasión en su vida, fue feliz. ¿Qué vio durante sus paseos Valeria Luiselli? La tumba de Brodsky y Pound en el cementerio de San Michele en Venecia, mapas trazados por una mano demente que busca descifrar la forma de la Ciudad de México; el portero del turno de noche de una residencia universitaria en Nueva York; innumerables pensiones, hoteles, cuartos prestados y camas compartidas; el epitafio de Joaquín Ramírez en el cementerio de San Fernando; una plaza triangular detrás de la iglesia de San Judas Tadeo donde un grupo de sordomudos trata de comunicarse; una mancha de humedad a la que una multitud de fieles rinde tributo; una edición francesa de A la recherche du temps perdu; los versos de un poema en portugués que no comprende; una palabra que es un lugar común y, sin embargo, es intraducible.

Su libro, al igual que las ciudades por las que Luiselli eligió detenerse, se sostiene sobre el agua. Todos los ensayos que lo tejen flotan sobre un líquido transparente, impreciso, ambiguo, informe: poemas. Poemas de Brodsky –omnipresente en todas las páginas–, de W. H. Auden, de T. S. Eliot, de Apollinaire, de Galway Kinnell, de Pessoa, de Samuel Beckett, de Gherasim Luca, de Robert Creely, de Rubén Darío. No puede ocultar su amor por la obra y por la vida de esos poetas, aunque sólo se acerque a ellos con la prosa. «La prosa ­–dice Luiselli– es para los que tienen espíritu de albañil.» Y, sin duda, Papeles Falsos es un trabajo de albañilería –sencillo y sólido–; es una estancia clara y resistente sobre el agua, acaso feroz, de la poesía; es un cúmulo de imágenes rotas donde reverbera el sol.

 En Contre Sainte-Beuve Proust dio forma a una idea que había recorrido, desde Montaigne, toda la literatura francesa, una idea capaz de engendrar batallas titánicas y guerreros feroces dispuestos a todo para defenderla, pero también capaz de generar una animadversión cáustica y de armar todo un ejército para combatirla, un batallón de hombres armados de tinta al frente del cual se alzó Céline. ¿Cuál es esa frase? Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera. Luiselli, quizá sin saberlo, ha aumentado las filas de los guerreros dirigidos por Proust, pero su juventud no le permite ver todo lo que en ese campo de guerra tendrá que enfrentar. Porque no sólo basta con escribir en una especie de lengua extranjera si se quiere alcanzar la belleza; se debe, aun, destruir la lengua materna. Pero, ¿hasta dónde?, ¿hasta horadarlo todo, hasta minar cada sílaba, cada mínimo fragmento del vocablo? ¿y si la lengua naufraga, y si nos hundimos en el líquido diáfano y violento que la sostiene? «Para destruir la lengua materna hace falta llegar al corazón mismo de las palabras y sembrar ahí una música distinta», dice Luiselli. ¿Acaso lo logra? Aún no, y le será imposible hacerlo, porque ese trabajo necesita un balbuceo, una prosa violenta –y la suya no lo es; ese trabajo necesita –y ella lo sabe– la prosa de un poeta.

En Papeles Falsos hay una imagen que se impone sobre las otras, y en esa imagen se cifra todo el libro. En una biblioteca en ruinas –la antigua Biblioteca Miguel de Cervantes– un grupo de hombres, oscuros e ignorados por todos, intenta restaurar un mural que narra el Principio de la escritura. Es una tarea imposible. La biblioteca destruida en la que trabajan, y ellos mismos, son parte del mural. El principio de la escritura sólo puede narrar su propio final, su inexorable derrota, su imposible restauración.

Quizá este libro no sea sino esa biblioteca en ruinas donde una mujer intenta restaurar –destruyendo– la lengua derruida. Valeria es un albañil cuya secreta tarea es la destrucción. Los edificios que flotan sobre el agua terminan por ser carcomidos por la humedad, y caen. La construcción de Luiselli también caerá, estoy seguro. Pero ese es su oculto propósito.                                                                                  

 *Ernesto Kavi (Ciudad de México, 1981) es escritor y traductor. Estudió literatura en diversas universidades de México y Europa. Ha vivido en La Habana, Venecia, Florencia, Barcelona, Salamanca, Budapest y Viena. Actualmente vive en París. Correo electrónico del autor:  fuentes.er@gmail.com

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